miércoles 2 de noviembre de 2011

Repasos

Me da miedo, pero aún así insisto. Intento en la clase, cuando se acaba, en mi mente, en mi casa. Pero cuando tengo que hacerlo, no sale casi nada. Me enredo, me tropiezo, me río. Me vuelve a dar miedo. ¿De qué? De caer al terminar uno de esos mareantes giros de 360°. De lesiones en pies, manos, rodillas y todo lo demás que se pone en movimiento cuando bailo.


Supongo que es algo que les pasa a muchas o que ya les pasóa a las expertas. Ya imagino a la Martha Graham o a la Isadora Duncan sacándose el aire y callos de tantos repasos y cientos de maltratos. Pero a la final ¿quién se entera? Quién te pregunta cuando caminas, ¿oye te queman las piernas?


Y en otro repaso. Desde al frente debe verse perfecto. Los pies y las manos deben volar hacia las diagonales correctas haciendo que coincida con los mismos gestos de cada compañera. Si el profesor dice que hay que repetir, hay que repitir.


Cansa y duelen los dedos -todos-, pero hay que hacerlo de nuevo. Y así hasta cuando al guía le de pena o frustración. Cuando se le caiga el masoquismo o cuando piensa en silencio, ya, ya, sigamos, sigamos.


Hay que copiar las mismas muecas, el similar dolor, todo a la par. Todo al ritmo del: y... uno, y dos, y tres, pan, pam, suelo, rodilla, pies, empeine, dolor, cabello a la cara, a la boca, uñas rotas, y luego chistes, risillas nerviosas. Y así hasta repitir más de quince veces la misma frase (pasos).


El corazón sube a la laringe. Las rodillas piden perdón. El sudor brota junto con las iras. Hasta cuando justo lo logras y dicen, listo, hasta ahi vamos por hoy.


De todas maneras estoy aprendiendo. Y es en lo que pienso cuando hasta mis pulmones van a reventar. Cuando simplemente siento que no puedo, que 'ya no jalo'. Pero no es tan cierto. A pesar de todo eso, la mente me levanta y aunque me caigo mil veces, recuerdo que esto solo es un juego. Y así se me pasan las 2 horas. Un doloroso juego, pero aún así me divierto.

martes 14 de junio de 2011

Es que necesito danzar

Ensayo "Descartables" de Fernando Cruz. Foto: Nora Meuli



Movimientros, caídas, vuelos, saltos, pasos. Actuación (y bastante), pero sobre todo relajación. ¿Comerse libros? No se necesita porque tampoco hay muchos. Hablar, eso sí, pero con el cuerpo. ¿Imposible? Pues no.


Ni el lenguaje alcanza a decir tantas palabras como lo pueden hacer las extremidades, la mirada y la piel. Aunque no parezca, el cuerpo sí es capaz de formular más de un millón de frases. De hecho, así se llaman nuestros largos y profundos pasos de baile. De pies, en el suelo y en el aire. Con los ojos cerrados, riendo, sufriendo, amando o sólo pensando. Con manos, brazos, pecho, cabeza, cuello y dedos. Solo hay que dejarlo fluir. Es todo. Y expresarse, pero de una manera distinta. Y muy entretenida.


Eso es la danza, y no precisamente la que está ligada a la rigidez de las mallas, los tutús, el Lago de los Cisnes y las zapatillas. Tiene algo de eso, pero es diferente y no tiene nada de inerte. Se trata de la danza contemporánea. Y si crees que no tienes el valor para seguir actuación, ganas de bailar, pero no ritmos tropicales o de salón, optar por unas clases de danza, es una excelente opción.


Redescubrirse es uno de los requisitos esenciales. Y para iniciar no hay límites de edad o estado físico. Solo ganas de hablar con la boca cerrada. De creer y danzar. O como se dice en esta a veces no tan entendida práctica: de respirar, con los pies y el alma en el piso, pero no dejar de volar.


Es baile, inspiración y creación. Pero sobre todo, es arte, mucho arte.

martes 25 de enero de 2011

el cielo de mi mamá


Como esas ya no hay. Tardes que esperaba a que llegue del trabajo para salir a pasear. No al parque porque no sabía manejar bicicleta. Al centro comercial. Cuando la razón la tenía mi mamá. Cuando solo le preguntaba, cuando hacía berrinches y me quejaba. Como esas no he visto más. Esas tardes con insolación y cielos color naranja. Nubes doradas sobre las faldas del Guagua, "cuando María hacía pan", según mi mamá. Como le dijo mi abuelita, con quien recogíamos flores marchitas. En La Alameda, ella decía "son rosas de madera". No, ya no hay

jueves 20 de enero de 2011

Yo y una sala de emergencias

Su trabajo empezó a las 20:30 con el primer paciente que registró el caso más grave. Por intentar liberarse de un asalto, un joven de aproximadamente 20 años sufrió una cortadura en el cuello. Su diágnóstico no indica nada grave, según una de las internas que cumplía su guardia nocturna del hospital. La cura: cuatro puntos de sutura.

A partir de ahí, los minutos pasaron muy lento en el Área de Emergencia del Hospital Eugenio Espejo de Quito. Los estudiantes de Medicina que cumplían su turno, ya estaban acostumbrados a ese ritmo de trabajo. Sabían que los casos más graves llegaban a partir de la 01:00. Hasta ahí, parecía una noche tranquila.

El "cuarto 11", donde se reciben las emergencias graves que ingresan al hospital las, no tenía movimiento a las 21:00. Sólo dos pacientes estaban en observación. Uno era un anciano que iba a ingresar al quirófano. En el ambiente sonaba un respirador del otro paciente que solo dormía.

Las tareas a cumplirse en un área como esta, es para los estudiantes de medicina una de las mejores experiencias que enriquecen su formación profesional. En la Facultad de Medicina de la Universidad Central, es una exigencia desde que ingresan al cuarto nivel.

En el área de clínica, se concentró la actividad con la presencia de ocho pacientes a las 21:30. En esa parte del piso de emergencias se evalúan los casos con fichas médicas. Ahí estaba Patricio, esperando recostado la asistencia de algún galeno. Su ficha estaba vacía, pero él contó que solo recordaba haberse caído de las gradas, nada más.

Y luego el piso se llenó. Había 30 pacientes. Cada uno estaba acompañado de un familiar, que a falta de sillas, permanecía junto a su padre, esposo, hija o hijo hasta que un médico le de un alivio a su espera y a sus piernas.

23:15. Las manos eran escasas. Los familiares incrementaban su espera. Faltaban médicos e internos. Minutos después, un paciente bajó de los pisos superiores en compañía de otro estudiante. Su rostro tenía rastros de sangre que había salido de sus ojos, como lágrimas. Casi al mismo tiempo, el cuarto 11 ya recibió otra emergencia: Rubén (33 años) quién había perdido la mitad de una oreja. Estaba ebrio.

A las 03:00 fue lo 'más fuerte'. En 20 minutos ingresaron cuatro pacientes con golpes en la nariz, intoxicaciones por alcohol, cortes en los brazos, infecciones, entre otros. El cuarto 11 se repletó. Uno de los heridos, con la nariz irreconocible, tuvo que esperar diez minutos sentado junto al lavabo, hasta que alguien se desocupe y lo cure.

Antes que salga el sol (05:30), el cansancio se notaba en los rostros de internos, externos y enfermeras. En la puerta de emergencia, 32 personas esperaban a sus parientes sentados en el piso y cobijados con chompas y ponchos.

A las 06:00 entró alguien más. Un rockero que no paraba de reirse por que había perdido una riña, que le causó una profunda cortadura en la mejilla. A esa hora, los externos fueron a tratar de dormir, y el siguiente grupo ingresaba. Para ellos, la rutina, apenas iniciaba.

martes 11 de enero de 2011

¿La luna plateada o la plata y La Luna?


Fue mi primera radio. Y aunque no estuve por más de cinco meses, sí aprendí. Viví cosas nuevas -en ese entonces- sobre un medio y lo indispensable para no cometer errores "on air". Vi cosas buenas, escuché consejos, entendí más de periodismo, de populismo, del abuso del poder y sobre todo de ese poder: el de los micrófonos. ¿Puebas? Nunca encontré datos exactos pero el día "forajido" es una fiel muestra de esa audiencia. Al menos así se cansaron de repetir.

Y claro que nos escuchaban. "Nos", de antes. El primer día que entré a la cabina principal ya pude locutar. Bajito, por mi tono de voz miedoso y principiante, pero locutar. No estaba sola; junto a mi estaba una ex compañera que también estudiaba comunicación y uno que sí era un gran locutor. De quién -por cierto- si aprendí, algo bueno de la radiodifusión.

A partir de ese día, todo me resultaba perfecto. Era como llegar a donde tanto se quiere. Y no por locutar, para los que tenemos un trauma con la radio. Era en sí, por esa radio. Era algo asi como la meta de todo joven periodista o estudiante de comunicación que quiere cambiar el mundo con sus ideas revolucionarias. Pero no de esa revolución de las mochilas pintadas con el Che Guevara. De las libertades, de lo que sí era libertad de expresión. Que socialismo ni que izquierdismo. La libertad, punto.

Tan libre que me gané el honor de tener media hora de programación en el espacio más escuchado. Solo tenía que hablar. De lo que sea, pero hablar. Todo porque uno de los locutores se fue, y el otro repartía volantes para que lo eligieran como pasajero a Montecristi. Conmigo estaba otra compañera. Y dijimos de todo. Como era la época anti neonazis, convocamos a toda la ciudad a una marcha. "No tenemos miedo", repetíamos una y otra vez hasta que dieran las 09:30 y comience el otro programa. Todo entre risas y nervisismo. Risas, si, y "on air".

Y como esas, muchas. Luego estuve sola en el reprise "noticioso" del mediodía. Leía pequeñas noticias del Internet e hice dos entrevistas. De eso no tengo fotos, solo audios y recuerdos.

Un paso por mi rumbo profesional que sí me cambió. Y no me refieron al cambio de apariencia o de vestir (zapatos rotos y pantalones de colores). Fue más que eso. Y pensaba que fue una gran cancha para disuadir lo correcto y lo errado del periodismo político. Y a distinguir el periodismo del activismo.

Pero la pequeña escuela que no me dio un diploma ni por participación, se esfumó. De lo que yo ví, oí, y viví, hace meses no quedaba nada. Ahora peor.

Espacios como esos se pierden todos los días en todos los medios. No hay cosas reveladoras. Polémicas son las noticias que salen ahora. Investigaciones que aunque tienen intenciones claras, desdichadamente son ciertas y tienen la razón. Esa que perdieron quienes persiguieron el oro y dejaron en lo que creyeron, si es que alguna vez fue así.

¿Madurez periodística? ¿Innovación? ¿Alternativas para la crisis? Mmm... No se si sea necesario llegar a eso para no perder. Pero, ¿realmente lo es? No lo creo.

martes 7 de diciembre de 2010

Sigo en contra ¿Porqué?


Me pueden tachar de ignorante aquellos que dicen 'conocer muy bien del tema'. Como la ignorancia aún no es pecado me quedo tranquila, pero sigue siendo insuficiente. Y traigo a colación el tema no sólo por las fiestas, sino porque mi trabajo me obligó a leer esta nota. Nota que por cierto, se publicó en portada:

"Con una magnífica entrada se lidiaron cinco novillos de Mirafuente y uno de Vistahermosa buenos, de calidad y nobleza excepcional, que permitieron el lucimiento de los protagonistas. A dos los aplaudieron en el arrastre e incluso en el cuarto hubo peticiones de indulto".

Bueno... La crónica sobre una de estas absurdas 'jornadas taurinas' es más grande y está llena de párrafos como el que cito.
Ahora, mi inconformidad va más allá de mi rechazo personal hacia este tipo de 'tradiciones' malditas que aún no somos capaces de extinguir. Estoy inconforme también con el asunto periodístico de la situación. Y es algo que no solo me enoja. Sin la mirada de Teya la anti toros, señalo estos puntos:

1: Si es una nota o crónica, calificativos o adjetivos como magnífica, buenos, de calidad y lucimiento, ¿están permitidos?

2: Después de Vistahermosa y para citar adjetivos de los novillos, ¿no se pone coma o punto?

3: Si yo no conozco de toros (gracias a Dios) un lector común entiende lo que es el "arrastre"?

4: ¿Los protagonistas son los cinco novillos? ¿A los que encima más les aplaudieron? y ¿se lucieron?

Quien sepa que me refute. Tiene todo el derecho, así como yo, de reclamar. Pero volviendo al tema, este tipo de publicaciones aseguran mi posición. No me gusta ni me gustarán nunca. ¿Porqué?

1. Porque no puedo hablar de un espectáculo (entiéndase por algo que entretiene) si hay un escenario en el que se reparte sangre a chorros, cada cinco minutos.

2. Porque no puedo aplaudir la tortura de uno de los animales más hermosos de la naturaleza. (Aunque es una raza creada por el mismo hombre). Me van a salir con el típico que si como carne es lo mismo. A los mismos que van a ver esto y dicen lo otro, les invito cordialmente a aplaudir a un camal. No olviden llevar las botas ah, porque la sangre es la misma, y para su diversión, hay mucha, como les gusta.

3. Porque no puedo asistir a un lugar que se llena de sangre y se mata animales que fueron criados para entretener a un grupo de noveleros.

4. Porque aún no entiendo como -una vez más- ponen el nombre de Jesús a estas tradiciones, que si él viera, le daría asco. Pero no de eso, sino de los que lo aceptan.

5. Porque la sociedad debe evolucionar y no ir hacia atrás. Ya olvidamos cosas como la momificación, la guillotina, las peleas león vs. humano, los duelos, las torturas de la Inquisición. ¿Porqué seguimos con esto? ¿Porqué? ¿Porqué?

6. Porque ya fui a una corrida y no quiero volver jamás.

7. Porque si quiero lucir botas, sombrero, cinturón y alisado, puedo irme a bailar a cualquier otro lugar.

8. Porque tengo dos mascotas en mi casa. Aunque quisiera tener más.

No entiendo como es que a quien escribió esto, los novillos le parecieron "buenos, nobles y de calidad". Aún no se lo creo. Ni lo demás tampoco. Ni le entiendo. Y tampoco es que quiero.
Hay costumbres que por más antiguas que sean no deben continuar, porque se supone que cada vez somos más inteligentes. Pero, no mismo. Y encima critican a los musulmanes y sus singulares maneras de castigar como los piedrazos, la quema de orejas, de ojos etc., etc. Pobres; los que van, no los que mueren.

viernes 19 de noviembre de 2010

Ecuador rural: El médico vs. las medicinas (Parte 1)

Eran casi las 04:00. El calor y el temor a las picaduras de insectos en la noche -propios en la región-, hicieron de por sí, que aquella fuera una noche intranquila. Y en medio de ese silencio selvático los gritos de dos mujeres despertaron todos los sentidos. Al griterío se sumaba el llanto, la desesperación y decenas de golpes secos en nuestra puerta. Una de metal que daba casi a la calle del pueblo.

"¡Doctor doctor!, ayúdenos, mi mamá... ¡Doctor! por favor, mi mamá...". Y los golpes incrementaban con más repeticiones e intensidad. "Mi mamá se me muere, ¡doctor!".

Se trataba de una más de las emergencias que los médicos rurales del Centro de Salud de San Roque, (Sucumbíos - Ecuador), atendían regularmente, en la madrugada. Esta vez, era una señora que había recibido un par de disparos de perdigón en su cráneo y rostro. Una emergencia que no podía ser atendida en el pequeño pueblo que estaba a media hora en carro de Shushufindi, la población más cercana y un poco más poblada de la provincia.

Cuando el doctor salió, los gritos terminaron luego del aún somnoliento "¿Y ahora que les pasó?". Las explicaciones y el estado de salud de la señora se fundieron en la noche. Bueno, en lo que quedaba de la madrugada.

El pequeño centro de salud no tiene todos los recursos necesarios para atender a pacientes que padecen males tan graves como el de aquella señora. Necesitaba una cirugía en un hospital equipado para el efecto, y por ello, fue trasladada a Shushufinfi, donde hay uno. Bueno, donde toda la población piensa que realmente funciona uno. Yo, recién me enteraba.

La señora se estabilizó y finalmente fue tratada en la casa de salud más grande pero no ya no supe más de ella. De lo demás, recién empezaba por enterarme: la real situación de la medicina rural en este sector.

El Doctor comentó un día después, que de haber tenido el equipo para intervenir a la señora herida no la hubiese transladado al hospital, de donde no siempre salen vivos. O al menos curados. Si: entran mal y pueden salir peor.

Gabriel (el Doctor) lleva seis meses en el pequeño subcentro y ya ha visto muchos casos como este y como los otros, pero no pensó encontrarse con un sistema médico en el cuál el desarrollo y los avances no existen. Al parecer, nunca pasaron por ahí.

Lo esencial, cuenta el Doctor, es la ineficacia en la repartición de medicinas, la misma que reconoce es abundate pero no adecuada o correcta. Cosas como no tener pastillas simples para el dolor (Paracetamol) a cambio de excesos de Loratadina (pastillas para la alergia que producen una fuerte sensación de sueño).
Y no hay con quien quejarse. Aparentemente.
Continuará...

martes 16 de noviembre de 2010

Papeles oxidados


Es un caja grande, de zapatos, pero de zapatos grandes. La tapa está segura gracias a un listón de tela que una vez fue parte de una prenda de vestir. Ahora está llena, y sin ese laso, no podría cerrarse ni entrar en el cajón 'secreto' que está en el espaldar de mi cama.

Mi baúl improvisado guarda hojas, cartas, invitaciones para fiestas, velas y retazos que no sé porque están ahí. Son papelitos agrupados en sobres que huelen a humedad y recuerdos. A muchos recuerdos. Los reviso cuando arreglo. Uno por uno hasta el fondo.

Cartitas de amigos de la escuela, una fotografía de 50 niños de un quinto grado, libretas mal cortadas hechas en el recreo y cromos recortados del album Amor es, son los más antiguos. Y me acuerdo de todos. Y me da nostalgia.

Sobre ellas hay varios sobres blancos con más cartas en hojas cuadriculadas. Hay un sobre para cada curso y dos con las cartas de mis 'mejores amigas' del colegio. Unas parecen escritas para un novio, de amor, de reconciliación, del "amigas por siempre", "nunca cambies", "perdóname", "gracoas por ser así". ¿Así Cómo? En fin, igual las recuerdo, y me da más tristeza que la escuela. Hasta conservo una agenda con papelitos oxidados que nos regalábamos en clases. Hojas de todos los materiales, esquinas con dibujos, conversaciones, chismes exprés, stickers de garfield, la pascualina o artilugia y manualidades de bolsillo.

Y hasta ahí las clasifiqué. Las últimas -y escasas- cosas que recibí después solo las puse encima, hasta que la caja engordó. Por ahí hay algo por navidad, por un recupérate y feliz cumpleaños.

Hace un año rompí las tres primeras tarjetas que me miraban apenas abría el baúl. Tres sobres arrugados. Los únicos obsequios de un hombre. Tarjetas de plástico con leyendas que les 'dieron diciendo' la imprenta, firmadas con políticos Tqm Andrea, en chuecas y confusas letras. Pero ya no están. Y no me da pena, peor tristeza.

Lo demás ha de quedarse en la memoria; lo que necesita recordarse. Lo demás ya no. De la universidad, por ejemplo, guardo poco, aunque recuerdo mucho. Y si me da nostalgia y recién hace ocho días, me dio pena.

Ya no soy la estudiante, la que abre la caja para buscar con que llorar, la que guarda, la que ordena, la que se apena. Pero tampoco me da tristeza. Estoy feliz, y las pocas penas de hoy, son peores y nuevas, y ya no pueden ponerse en un caja, sino en una maleta.

miércoles 13 de octubre de 2010

Después del título y una grabadora sin usar


Que regresan de una entrevista o vienen cansados/as de la reportería. O salen corriendo a cubrir lo que les toca, o comentan lo que ya salió ayer o lo que van a poner hoy. Que planifican los temas de la semana, la nota de la portada.
Es como oír una conversación de mayores. Claro, Si es que tuviera 8 años, pero no.

Es cuando pierdo el aliento -como hoy- y siento que soy una niña. Una que se arrima a ver los juguetes desde la vitrina; con los deditos pegados al vidrio empañado por los suspiros arrojados. Ver de cerca pero no poder tocarlos. Exacto. Estar dentro pero pasar por un lado.

Antes no importaba, no había tanta ansia, pero hoy ya no. En medio del circo y yo no hago nada. No porque no pueda, sino porque algo pasa. Ese algo que ahora desespera y me quita la paciencia.

Ahora viene de nuevo la nostalgia del leve ajetreo de ayer. De cuando estaba "recién aprendiendo", con los primeros errores. Cuando se me hacía más fácil preguntar. Cuando me era permitido también. Justificado más bien.

Se aprende sí, poco, pero sí. El tiempo va demasiado lento. Espero no se me pase cuando ya sea el verdadero momento, que nunca imaginé sería aqui mismo. Yo era de otro costal. No el mismo , pero dulce a la final. Pero por algo llegué aquí y algo debo sacar. Aún no quiero irme sin haber hecho lo que no pensé cuando entré, por sexta vez. Aún no. Espero. Pero no quiero que se me vaya la vida esperando. Mientras, solo quiero no contagiarme del cinismo del aire que me anda rodeando. Gente. Siempre conozco más de la pobre gente. El dilema.

sábado 2 de octubre de 2010

Policías, balas y periodistas: Yo quisiera estar ahí


Interior del Hospital de la Policía, Quito 21:00 30 Sep. 2010
Programa Día a Día (03-10-2010)


En medio de la conmoción. Oyendo el crujir de los disparos rozar las orejas y el cabello. Escuchando los gritos de confusión y desesperación. Viendo los cascos de balas sobre el suelo. Sientiendo los palpitos intensos. Con miedo, angustia y adrenalina a la vez. De testigo y espectador. Cerca, muy cerca.

Ver un intento de Golpe de Estado, la sublevación policial y una balacera a lo Holywood, por televisión, no es el mismo. Mirar a una decena de periodistas, camarógrafos, fotógrafos, víctimas y curiosos moverse de un lado a otro. Narrar casi sin mirar. Esconderse y refugiarse entre los demás. Sentir pánico y hasta ganas de llorar, de dejarlo todo, de sentir que ya no se puede más. Pero aun así, sin dejar de trabajar. ¿Absurdo? No lo creo. Más bien intenso.
Si trato de descifrar esa sentimiento interno ante tanta noticia que explota por segundo, quizá no me entendenderían todos. Y talvez ni yo misma porque no sé lo que es estar ahí. Pero me hubiese encantando, aunque si así fuera, hasta me hubiese desmayado. Pero ya estaba ahí.

Fotografía por: Diario El Comercio

Quizá sea eso que les pasa a los médicos cuando ven un accidente y quieren ayudar, aunque el miedo siempre esté primero. O lo que siente un arquitecto cuando pasa por una construcción. O un veterinario cuando ve un perro atropellado. O el cantante cuando va al karaoke.O el mismo futbolista cuando escucha un partido.

Es ese: yo se hacer eso, ¿y porqué no?
Me pregunto ¿qué es lo que necesito para llegar ahí? ¿Cómo puedo ser como aquellos que luego de pasado el momento cuentan como lograron salir de un infierno? ¿Cómo doy primicias? ¿Cómo participo? ¿Cómo actúo aunque corra peligro?

¿Cuánto tiempo tiene que pasar para alcanzar a esos extremos? Y si se da el momento, ¿y luego me quejo, me petrifico y me muero? ¿Será que a ellos les gusta pasar por eso, o sólo van porque les obligan y ese tiene que ser su momento? Yo, ¿estaré preparada para todo eso?

Yo ya quiero.



Pasillos del Hospital de la Policía, Quito 21:00 (30 Sep.2010)